Donde los cultivos compiten con el agua
La escasez mundial de alimentos ha puesto a Oriente Próximo y al norte de África en un dilema: se ven obligados a escoger entre cultivar más para alimentar a una población creciente o conservar sus escasas reservas de agua.
La población de la zona se ha cuadruplicado con creces desde 1950, hasta alcanzar los 364 millones, y se espera que en 2050 se acerque a los 600 millones.
Los economistas afirman que los países de esta región deberían plantar cultivos para los que disfrutan de ventaja competitiva, como frutos o flores que no exigen mucha agua y se pueden exportar por mucho dinero. Por ejemplo, Doron Ovits, de 39 años, dirige un imperio de 60 hectáreas de tomates y pimienta en el desierto del Negev israelí. Sus plantas, cultivadas en invernaderos con elaboradas espalderas y después exportadas a Europa, se riegan con agua residual tratada que, según él, es tan pura que tiene que añadirle minerales. El agua la reparte a través de tuberías de riego por goteo.
La estación de bombeo situada fuera de cada invernadero está equipada con una computadora que vigila cuánta agua y cuánto abono se utiliza.
Se calcula que Egipto establece en el desierto cada año 80.000 hectáreas de terreno cultivado, a pesar de que pierde 24.300 hectáreas anuales de sus mejores terrenos de cultivo por la urbanización, comenta Richard Tutwiler, director del Centro de Desarrollo del Desierto en la Universidad Americana de El Cairo. “Es arena”, dice, refiriéndose a la tierra recuperada al desierto. “No es el suelo más fértil del mundo”.
A medida que iba creciendo la población de El Cairo —que en la actualidad se calcula en 12 millones de habitantes—, surgían en medio de los campos edificios de viviendas construidos a toda prisa.
Las 1,2 hectáreas de batatas de Talaat Mohamed están comprimidas entre edificios de 4, 5 y 7 plantas. Mohamed, de 60 años de edad, se queja de todo el tiempo que se pasa retirando residuos urbanos de sus campos, que en un día como hoy incluyen un sostén marrón, latas de refrescos, envases de comida, trozos de plástico indistinguible, una caja de dentífrico Signal y una chancleta negra.
“Los egipcios inventamos la agricultura”, dice, mirando con desesperación un paisaje de tendidos eléctricos y edificios, tráfico y basura. “Y en esto es en lo que se ha convertido”.